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Los ‘peugeotaris’ o cómo vender coches de segunda mano en el desierto

Fue Borges el que ideó la parábola del hombre que justo antes de poner un pie en el desierto, arrojó a la arena todo el agua que debía salvarle: “Si hemos de entrar en el desierto,/ ya estoy en el desierto”, dijo. Gerardo Olivares (Córdoba, 1964) lleva años derramándose sobre todas las dunas del mundo. Cuenta que de niño su padre le asomó un buen día a lo que apenas se adivina al norte de Marruecos y ahí quedó. Fascinado para siempre por el sol. “Salvo el de Australia, he recorrido todos los desiertos del mundo”, dice, pone una cifra (“más de 40 viajes”) y se lanza a la procelosa enumeración de vacíos: del Teneré, en Niger, se queda con la estampa del cráter comido por la arena del tiempo, y con los cocodrilos perdidos en el Chad; del Tanezrouft, atesora el recuerdo de la primera vez que se sintió perdido, en el más radical de los sentidos; luego pronuncia las palabras casi sagradas de Taklamakán; y luego se va a otro páramo estéril en la India, y a otro más en Arizona… y así hasta completar una lista, como no puede ser de otro modo, incandescente.

Ahora estrena 4 latas, una road movie con la aparente sencillez de las historias eternas. Un grupo de desesperados se dispone a atravesar el trayecto que separa una vida de otra. De por medio, en efecto, el desierto. En efecto, todo es parábola. Jean Reno, Hovik Keuchkerian, Susana Abaitua y Enrique San Francisco son los esforzados actores de esta comedia que, en realidad, es tragedia. Y al revés. Pero sobre todo, es vida vivida. “Todo lo que ocurre en la cinta, de increíble sólo puede ser lo que es: verdad”, comenta divertido Olivares. Y ése y no otro es el efecto del desierto: desnudar la locura de lo inverosímil hasta transformarlo en certeza, la única posible.

“Mi hermana Susana”, recuerda, “tenía un Panda. Se lo pedí prestado. Era el año 1990. No podía esperarme a tener un Land Rover ni nada parecido. Hablé con mi amigo Jhonny y nos lanzamos. Haría como 40 grados en mi ciudad. La temperatura ideal para encaminarnos a África“. Y ríe. Lo siguiente que pasó fue el viaje, el primero de ellos, en línea recta (más o menos) desde Córdoba hasta lo más cerca de Bamako posible. En medio, el Tanezrouft citado, el Tanezrouft inabarcable. Entero. No cuenta si justo antes de partir se vació de agua como el héroe de Borges, pero como si sí.

“Una noche conocí a dos franceses en un Peugeot 504 lleno de neumáticos, una lavadora… Era una locura. ¿Qué hacían dos tipos tatuados hasta las cejas en un utilitario lleno hasta arriba de casi todo imaginable?”. De su mano, accedió a la leyenda de los peugeotari. Es decir, de los esforzados amantes del vacío que cumplían el mismo recorrido para una vez en Malí o Níger vender el preciado automóvil y volver a casa vía Aeroflot (lo más barato). “El nombre lo tomaba de los pioneros de este viaje que eran vascos”, puntualiza.

Esos ‘peugeotari‘ fueron los primeros en cumplir un extraño viaje a la vez existencial y comercial. “Ellos lo hacían por la aventura, por el placer de colocarse al límite. Era un producto de su tiempo. Pero con el tiempo, la cosa se fue profesionalizando. Los franceses que encontramos buscaban hacer negocio. Pero otros como ellos eran aún más ambiciosos. Compraban camiones y dentro metían los coches. Y en los huecos todo lo demás. Abastecían a sus antiguas colonias con los restos de su propio colonialismo. Por lo demás, pocos coches aguantan más que un Peugeot 504″, cuenta Olivares como el que acaricia cicatrices. Feliz y con la mirada perdida. Al fin y al cabo, su película es un paseo por todo ello, por cada rincón de su memoria. Y de su vida.

Y de hecho, de un modo u otro, todo eso está en 4 latas. Y algo más. Por las comisuras de la aventura se cuela una acerada reflexión de los límites de todo esto. “Allí, junto a los tuaregs, alcanzas a entender hasta qué punto nos equivocamos con todo: con el miedo a la inmigración; con el rechazo al diferente; con cada uno de nuestros privilegios”, reflexiona. Y sigue: “Se dice demasiadas veces que ya no se puede viajar más, que el mundo se ha hecho pequeño. Y no es así. Aún quedan desiertos en los que es posible ver otro modo de vida y otra gente que es esencialmente buena. Muchas veces me impresiona lo mal que tratamos a una gente que no hace otra cosa que buscarse la vida. ¿Quién no haría lo que fuese por sus hijos? El camino no es construir muros, porque no hay muros que detengan los sueños. Siempre ha sido así”. Y en sus palabras se escucha el agua caer… “Si hemos de entrar en el desierto,/ ya estoy en el desierto”. Cosas de las parábolas.

Fuente: el mundo.es

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