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El armisticio del 11 de noviembre: lecciones un siglo después

CIUDAD DE MÉXICO.- Este domingo 11 se cumple un siglo del armisticio que dio por concluidas las hostilidades de la Primera Guerra Mundial. El conflicto bélico más sangriento que hasta entonces hubiera registrado la humanidad, de acuerdo con cifras del historiador Christopher Clark, movilizó 65 millones de tropas, liquidó cuatro imperios (el austrohúngaro, el turco-otomano, el alemán y el zarista ruso), dejó 21 millones de heridos y cobró 20 millones de muertes entre civiles y militares. Con estas cifras, uno hubiera supuesto que las páginas de nuestros periódicos y revistas, los discursos de nuestros políticos y los textos de nuestros politólogos e historiadores nos abrumaran con referencias a dicho acontecimiento histórico. Para demostrar una vez más la muy característica falta de atención a lo internacional, los mexicanos hemos dejado pasar la fecha como cualquier otra.

México no se involucró militarmente en la Primera Guerra Mundial (se encontraba inmerso en la Revolución Mexicana), pero el país no estaba aislado de la coyuntura geopolítica de su tiempo. Roberta Lajous ha explicado cómo el presidente estadounidense Woodrow Wilson se vio obligado a incrementar la importación de hidrocarburos para satisfacer la demanda bélica de energéticos. Esto le permitió a México duplicar su producción petrolera con el propósito de abastecer el mercado militar norteamericano. Además, México se convirtió en un actor involuntario de la contienda como resultado del famoso Telegrama Zimmermann.

Como ha referido Friedrich Katz en La guerra secreta en México, Arthur Zimmermann, ministro de relaciones exteriores del Imperio Alemán, envió un telegrama al presidente Venustiano Carranza en enero de 1917. Ahí, Zimmermann invitaba al gobierno mexicano a declararle la guerra a Estados Unidos y en compensación, recibir apoyo para la recuperación de los territorios perdidos por México en 1848. La opinión pública estadounidense, hasta entonces renuente a participar en una guerra europea, encontró en el telegrama una motivación fuerte, entre otras, para involucrarse en el conflicto y tomar represalias por el agravio.

Tengo la convicción de que la Primera Guerra Mundial ofrece reflexiones pertinentes para los mexicanos de nuestro tiempo. En el presente texto me concentraré en tres: la calidad del liderazgo político, la trascendencia de eventos aparentemente insignificantes, y muy especialmente, la fragilidad del orden institucional.

La calidad del liderazgo político

Si bien la calidad del liderazgo en la Primera Guerra Mundial da para escribir libros sobre cada una de las personalidades involucradas, me concentraré en la figura del presidente Woodrow Wilson.

Woodrow Wilson (1856-1924) es considerado por muchos como uno de los grandes presidentes de la historia de Estados Unidos. Modernizó la administración pública y aumentó la recaudación fiscal. Logró la aprobación legislativa del derecho al voto para la mujer. Encabezó los esfuerzos de su país durante la Primera Guerra Mundial y lo condujo a la victoria. Promovió los famosos 14 puntos para la paz y concluyó el Tratado de Versalles. Creó la Sociedad de Naciones, primer organismo internacional con vocación universal para mantenimiento de la paz. Estableció los fundamentos para un nuevo sistema internacional sustentado en el derecho.

Como base de su política exterior, Wilson solicitó al Congreso “hacer al mundo seguro para la democracia”. Su partido (demócrata) perdió las elecciones presidenciales de 1920. Wilson anunció que las elecciones serían un referéndum a favor de la Sociedad de Naciones. El candidato republicano Warren G. Harding hizo campaña promoviendo un regreso a la normalidad anterior al esfuerzo bélico y una retirada gradual de los asuntos internacionales que resultó muy popular entre la población rural, agotada por la participación en la guerra. La gente estaba harta de reformas y metas técnicas, quería respuesta a sus problemas cotidianos. Wilson no quiso escuchar y fue rechazado electoralmente por su propio pueblo.

Desde que Woodrow Wilson publicó su artículo clásico The Study of Administration en 1887, la administración pública se erigió como una disciplina demandante de solvencia técnica y de profesionales altamente capacitados. Wilson, quien fuera presidente de la Universidad de Princeton, es recordado como uno de los pioneros de la escuela idealista en las relaciones internacionales.

Numerosos estudiosos, entre ellos Keynes o el mismísimo doctor Sigmund Freud, se dijeron decepcionados por la ingenuidad wilsoniana al suponer que bastaba con profesionalismo técnico para gobernar y mediar en las disputas internacionales. La candidez en política suele desembocar en desastre. Los catorce puntos de Wilson –elaborados por un grupo de expertos– no lograron evitar la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.

En una democracia moderna, no se gobierna con recetarios, sino mediante la negociación, la persuasión y, si se hacen bien las cosas, el convencimiento popular. Al revisar números y gráficas, Wilson olvidó que estaba hablando de seres humanos; individuos con historia propia, familias con necesidades. La tecnocracia mexicana encontraría provechoso el estudio del antecedente wilsoniano.

La trascendencia de eventos aparentemente insignificantes

Nadie puede profetizar con certeza cuáles incidentes cambiarán el curso de la historia. Lo que sí puede decirse es que el verdadero estadista no mira por encima del hombro lo ocurrido en provincias remotas. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, Bosnia, parecía un incidente grave, pero sin capacidad de alterar el equilibrio global. No obstante, fue el detonante de la Primera Guerra Mundial. El primer capítulo del libro Sleepwalkers de Christopher Clark desmenuza los pormenores de la política serbia, desestimada por las grandes potencias. Las conspiraciones en el Palacio Real de Belgrado, los odios dentro de la familia gobernante y otros factores supuestamente triviales, terminaron por activar con sus resortes los mecanismos que desarticularían cuatro imperios. La extensión de la actividad terrorista en aquellos lugares terminó por alcanzar con sus implicaciones a todos los países del mundo.

Ni el Primer Ministro del Reino Unido, ni el canciller alemán, ni el presidente de Estados Unidos prestaban la menor atención a lo acontecido en los márgenes del Imperio Austrohúngaro. Absorbidos por egocéntricos conflictos palaciegos y sus respectivas intrigas sucesorias o sus ambiciones imperialistas, no atendían la inestabilidad en los confines del mundo. Esa inestabilidad terminó por arrastrarlos a todos. El aislacionismo, la política del “eso le toca a otra autoridad” “¿Y yo por qué?”, “Estamos muy lejos y aquí no pasa nada” termina por envolver en un torbellino destructivo a sus promotores.

Piense usted en Acteal, Apatzingán, Ayotzinapa, San Fernando, Tlatlaya. Si los políticos mexicanos desde la comodidad de sus restaurantes lujosos en Polanco y Las Lomas hubieran prestado mayor atención a estos incidentes, ¿dónde estaría el país en términos de seguridad pública? La historia nunca es inevitable, hay escenarios más probables, pero muy pocos que sean descartables.

La fragilidad del orden institucional nacional e internacional

Lo más aterrador en cualquier historia de la Primera Guerra Mundial es la facilidad con que se quebraron todas las certezas de una época. En unas cuantas semanas, la paz que costó tanto esfuerzo construir durante décadas se colapsó. Los equilibrios cuidadosamente diseñados desde el Congreso de Viena, un siglo antes, se disolvieron y alimentaron la pugna entre potencias europeas. La fragilidad del orden institucional es la preocupación permanente de historiadoras como Barbara W. Tuchman o Margaret Macmillan. Como ya dijimos, un incidente aparentemente menor echó a andar una maquinaria bélica imparable que destruyó a generaciones enteras.

El orden liberal burgués del siglo XIX que dio origen a lo que Balzac presentó en La Comedia Humana se desmoronó velozmente. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, escribió décadas atrás el joven Karl Marx y así ocurrió con un sistema internacional capitalista prendido de alfileres frente a las amenazas de la desigualdad, el racismo, el antisemitismo, el clasismo. La férrea competencia expansionista entre los intereses de las potencias se manifestó violentísimamente durante cuatro años hasta que el propósito inicial había quedado en el olvido. El odio entre los pueblos, la disposición bélica de los obreros, explotada por demagogos políticos y empresariales, desató la carnicería más grande de la historia conocida hasta entonces. El barniz de civilización que revestía Europa se cayó al contacto con el sol, como la pintura barata de las estatuas mexicanas.

Los políticos y los generales decían que las tropas estarían de vuelta antes de Navidad. Desde las guerras napoleónicas, Europa no se metía en un conflicto prolongado. Aunque la memoria de Crimea recordaba el alto potencial mortífero de una conflagración moderna, nadie imaginaba la prolongación de la movilización militar por cuatro años. Economías enteras en quiebra, imperios arrasados, poblaciones devastadas y familias cercenadas por el orgullo de políticos nacionalistas que no querían ceder en nada.

Finalmente, al concluir la guerra con poblaciones exhaustas, se firmó un tratado de paz que no dejó satisfecho a nadie y alimentó la semilla de la discordia para la Segunda Guerra Mundial, todavía más destructiva que la Primera. No hace falta explicar las enseñanzas que podemos tomar los mexicanos en este apartado, sobre todo para quienes dicen orgullosos que la política debe entenderse, ante todo, como conflicto.

Después de la crisis financiera de 2008 y la llegada al poder de nuevos tiranos, el orden internacional contemporáneo está convertido en ruinas y despojos. La rivalidad entre potencias como China, Rusia y Estados Unidos puede manifestarse en cualquier momento con violencia inusitada para perjuicio de todo el planeta. Igual que los sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial, la nueva generación de mexicanos y en general todos los seres humanos de nuestro tiempo tenemos la posibilidad de seguir peleando entre nosotros, intentar la restauración de un sistema internacional injusto propio de otro tiempo, o empezar a construir uno nuevo, más armónico e incluyente. Hago votos por que escojamos esto último.

 

Fuente proceso.com.mx

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